domingo, 2 de enero de 2011

Conciliar

Puede ser temprano o tarde, puedo ponerme de lado, o del otro, boca abajo o boca arriba. No hay manera, ninguna posición cumple su misión en el momento. Y entonces... entonces empiezo a pensar y a imaginar. Lo confecciono tanto estando despierta que he dejado de hacerlo dormida.

Una de las ilusiones más permanentes es yo en Chile hablando, pero hablando muy rápido, o volando en la bicicleta, o manejando tan rajada en auto que no soy capaz de maniobrarlo ni detenerlo. Todo es ansioso y se escapa de mis manos, nada de lo que veo lo puedo controlar aunque trate. Es como cuando era chica y trataba de contar ovejas, no sé por qué pero nunca lograba que ellas pasaran al otro lado –por una extraña razón siempre chocaban contra la cerca-.

Me ha costado estar detenida. Es tanto lo que me acostumbre a moverme de un lado para otro que el estado de quietud involuntaria me pone algo nerviosa. Ya no quiero estar acá pero tampoco me quiero ir pa allá. Yo no tengo un mapa en mis pies, yo si los miro no veo nada más que mis zapatillas y pienso en lo lejos que ellas podrían llegar sólo caminando, sólo siguiendo un paso tras del otro.

Últimamente me cuesta conciliar el sueño.

sábado, 1 de enero de 2011

Feliz año!

Son fomes los italianos, así de simple. Son fomes por lo menos para mi gusto.

Sí, acá todos se juntan y esperan los fuegos artificiales pero después a la hora de: no escuche la cuenta regresiva, cuando empezó la atracción principal nadie comenzó a abrazarse entre sus familias, entre los otros. No escuche gritos, bocinas, alarde. Sólo veía petardos y cosas incendiarias por todos lados alrededor porque claro, acá esas cosas no son ilegales.

En el puerto es distinto. Hay calor –lo que quizás influye bastante-, hay risas, hay gritos. Todo el mundo cuenta, todos después se abrazan y las luces en el cielo son las más lindas que he podido ver, media hora de puro color.

En Roma casi no se veía gente caminando por la calles, todo era muy silencioso salvo por los autos que intentaban salir del lugar a toda costa. En Valpo, todo esta atestado, el cotillón es el accesorio principal y las personas simplemente se ven felices. Antes todo se reunían y bailaban en la calle, en la misma Plaza Soto Mayor. Hoy, gracias al pelotudo del nuevo alcalde, sólo se carretea en las esquinas de la ciudad de los cerros, en sus bajadas, en sus escaleras, en su paseo Yugoslavo y en la esquina de la bomba de bencina. Con la botella en la mano, con las cajas que se empiezan a pasar. Uno se va encontrando con personas en el camino, saluda a Pedro, a Juan, a Diego. Es distinto.

Aún así mal no lo pase, estoy pagando hoy el precio pero los lugares dependen de uno. ¿Es muy cara la entrada? Pues bien, yo bailó al frente del local donde también puedo escuchar la música. ¿Es muy caro el copete? No importa, yo cargo las botellas cuantas cuadras hayan que cargarlas. ¿No conozco a nadie? Mejor, puedo hacer el show que quiera porque nadie sabe quién soy ni me volverá a ver.

Y así terminamos, al frente del Charro cerca de la Pirámide y yo, yo bailando con la bufanda dando vueltas por el cielo, dando brincos de un lado para el otro y explicándole a cada italiano que veía por qué es tan bueno ser latina.

Pero qué bah... lo importante es que por fin se acabo "ese" año.

sábado, 25 de diciembre de 2010

"The family stone"

Amo Navidad.

La amo armando el árbol, con sus luces, con los colores, con los olores que se mezclan por la casa. La amo con la familia, las risas, los videos, las fotos, las reparticiones. La amo acá y en Chuchunco city, sea dónde sea siempre es linda la Navidad, por lo menos para mi.

Creo que sin dudarlo es la mejor celebración. Más allá de Jesús o no, del pesebre o el Buda, de regalos sin o con Viejo Pascuero, o sin regalos. Navidad es la fecha donde nunca habían peleas, donde reíamos toda la noche, con animadores, juegos, amigos secretos. No importaba si en ese año faltaba plata, o habían bajas, o se sumaba gente.

Para algunos puede sonar naïf, para otros tonto o hasta arcaico, pero algún día sueño con tener una casa llena de personas para Navidad. Con niños corriendo, con delantales manchados dando vueltas, con galletas pintadas sobre la mesa, con adornos por todas partes. La quiero con gritos, con desorden, con guatas hinchadas y vasos vacíos.

Amo Navidad.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Moraleja en caso de bomba

Es de parte del Gabinete del Ministro, me dijo. Yo, como si nada, revise mi cuaderno y le volví a dar el número de tu celular. Luego, te llame para avisarte que te estaba tratando de ubicar una señorita, que por qué no contestabas tu celular y yo, sin saber nada no pregunté. Simplemente te di la información necesaria y tu me dijiste que la llamabas al toque.

Al rato me llamaste tu. Preguntaste si todos estábamos en casa, que quién estaba con el celular y que tenías que hablar conmigo con calma. Me avisaste que había explotado una bomba en la Embajada, que tu y todos estaban bien, que aunque tu estabas a treinta metros de la explosión no te había pasado nada –pero claro, me omitiste que el funcionario que abrió el paquete tenía problemas con sus manos-. A continuación, me pediste que por favor te contará chistes y por más que sé sólo uno o dos máximo –y son pésimos- te los conté. Te los conté y aunque fueran malos te reíste, te reíste y me dijiste que muchas gracias.

Cuando te corté di la noticia en casa. La Lala, como siempre, entro en esos shocks extraños donde decía que tenía que llamar a Chile, que habían migas que sabían que ella estaba acá, que tenía que avisarles. Y la mamá, empezó con esos bronces –bronces para mí, claro- donde dices cosas como: vi hoy la cama toda desordenada y pensé: Oh , si ella se muriera o ella se podría morir... algo así.

No entiendo mucho la verdad. Por más que leo noticias y me trato de explicar el cómo y el por qué explota una bomba en una Embajada como la de Chile, que mucho brillo no tiene, no paro de pensar que estas cosas sólo suceden en Europa.

Moraleja: Aprender chistes en caso de bomba.

martes, 21 de diciembre de 2010

Clan

Mi familia no habla de plata. En mi familia uno no puede preguntar cuánto gana quién, cuánto salió tal, de qué monto es la herencia que le dejo mi Tata a mi Lala –ya que nadie entiende sus múltiples y eternas quejas-.

Nosotros no podíamos poner los codos sobre las mesa ni las manos bajo de ella. no mezclábamos la ensalada con el plato de fondo ni con la sopa de entrada -generalmente este exceso de reglas se aplicaba en la casa de mis abuelos-. Pero en mi casa, si no salíamos a la hora en la mañana para ir al colegio nos dejaban. A mi nunca me dejaron, siempre estaba a la hora, pero mi hermano tuvo que correr más de una vez para alcanzar el jeep.

Nos criamos en un mundo lleno de reglas acompañadas de una seudo libertad más bien conservadora. Con una casa de hippies, con dos miembros estables y uno intermitente, con una perrita negra rastosa que acompañaba siempre al que necesitara.

Casi todos somos mocheros, como que la pelea y el defenderse de todo fue algo que se nos quedo impregnado quién sabe por qué. Nos cuesta confiar, nos cuesta creer y en la parada defensiva que vivimos echamos muchos para atrás.

Claramente no somos la mejor familia, pero es lo que hay. Y lo que hay igual me gusta.

domingo, 19 de diciembre de 2010

De a dos

Perdimos a un miembro en el umbral del edificio y el resto de la brigada –mi hermano y yo- seguimos camino. Caminamos a la estación, fuimos a la máquina de tickets, compré sólo uno –pues claro, el interrail me servía a mi- y nos fuimos al tren. Cuando ya estábamos felizmente acomodados en el vagón miro mi boletito verde y veo que venció ayer.

Es que no, es que me tengo que bajar, es que esto no puede ser... y mi hermano corrió detrás mío. Ya se acabo, pensaba mientras caminábamos pensado qué hacer. Se acabaron los trenes, se acabaron los viajes, se acabo. En eso, Diedrich para a alguien de gorrito azul y le explica la situación. Súbanse, nos dijo, arriba lo compran.

Ya no me gusta pagar. No me gusta pagar, no me gusta no tener un ticket que me sirva para irme a cualquier lado cuando se me de la gana. Siento que me voy quedando atrapada y no me gusta. No me gusta que mi espacio se vaya achicando y que la libertad se me cuele como arena por las manos.

Pagué el ticket, con el dolor de mi alma lo pagué. Lo peor fue que después, durante las casi tres horas de viaje a Nápoles, nadie paso controlando! O sea, podría no haber comprado nada e irme paqueada todo el viaje pero sin gastos!

Es distinto viajar con alguien, recorrer lugares con otro. Ya no voy a mi bola, ya no decido, hay que dejar que el que no ha visto se vaya. Por ende, corrimos Pompeya. Que hay que ver la cancha, y después al teatro –chico y grande-, que ahora la casa del Fauno, que por último la Casa de los Misterios. Yo no soy de patas cortas, pero es imposible competir con las piernas de alguien que mide casi dos metros de altura. Pero aún así seguí y asumí que la bola no siempre la lleva uno.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Arrivo

Cuando llegaron corrí por sobre todo el “jardín infantil” que venía saliendo y me instale ansiosa en la puerta principal a esperarlas. Te vi salir y llorabas, la pintura iba enegreciendo tus ojos y las muecas se instalaban en tu cara. Las lágrimas corrían por tus mejillas pero tu no llorabas por mi, llorabas por ella -ella que caminaba a tu lado arrastrando los pies, que me miraba sin decirme nada, mientras yo pensaba que era porque quizás ya no me reconocía más-. La veías y me hablabas pero yo no lograba entender qué me decías hasta que por fin te alcancé para abrazarte y entre sollozos me dijiste: no tiene la menor idea dónde estamos.

Cómo en tan sólo unos meses puedes haberte ido tanto, cómo en tan poco tiempo decidiste que ya no quieres tratar más.

Caminamos al auto y cuando por fin logré saludarte me confesaste que ya no recordabas las cosas, que tenías que hacer un esfuerzo para saber qué habías hecho el día anterior. Me explicaste que estabas confundida, que no entendías mucho lo que pasaba y que te parecía que todo había cambiado. Me hablabas con los ojos perdidos y cuando te apreté en mis brazos era como tener a una niña pequeña entre ellos. A una niña pequeña disfrazada con la ropa de su mamá.

Qué pasa si un día me olvidas a mi. Qué pasa si ya no son fechas, números o cosas sino mi nombre, mi cara, quién soy.

Mientras tomábamos once y todos nos dejaron a las dos solas te dije al oído que por favor no te murieras aún, que aguantaras un poco más, que no se te quitarán las ganas de vivir. Y tu... tu hiciste como si no me escucharas. Me respondías otras cosas, me hablabas de aquí y de allá y cuando llego el resto, hiciste como si nada había pasado, como si esto nunca sucedió. Luego, me mostraste el encendedor y me preguntaste si eso era para encender los cigarros. Te dije que sí y lo prendí yo.

No me pidas disculpas. Ni por el vaso, ni por el baño y mucho menos por envejecer. No me pidas disculpas que no hay por qué darlas.